O vivimos para servir, o nuestra vida no sirve para nada

Níjar, ese mágico lugar al que he tenido la suerte de poder ir. Un pequeño rinconcito del mundo donde hay muchos inmigrantes que tienen sueños e ilusiones, una dura historia y muchas cosas que decir.

La noche antes de partir no podía parar de hacerme preguntas sobre lo que iba a vivir y llegué allí a ciegas, no sabía lo que me esperaba. Tenía una pequeña idea por lo que me habían contado alguno de mis compañeros, pero nada más lejos de la realidad ya que una experiencia así solo puede comprenderse desde dentro.

Desde el primer día me dejé sorprender por Dios, que siempre tiene cosas maravillosas guardadas para nosotros, y efectivamente, a cada día que pasaba me sorprendía más y más y me iba llenando de luz y se iba mostrando en cada persona, tanto en las hermanas mercedarias como en los morenos, en cada gesto, en cada sonrisa…

Si tuviera que describir la experiencia con una palabra sería imposible, pues cada día me asaltaban un millón de emociones que muchas veces eran contrarias. Felicidad, tristeza, alegría, impotencia, frustración… Pero sin duda el amor era el sentimiento que más presente estuvo a diario.

Esta semana he comprendido lo que es el verdadero sufrimiento, el dolor de dejarlo todo atrás para comenzar una nueva vida sin saber lo que te espera. Los morenos, todos y cada uno de los que he conocido, me han dado una lección que jamás olvidaré, me han enseñado que a pesar de todos los obstáculos, hay que seguir luchando sin perder la esperanza ni la sonrisa, me han enseñado lo que es la fortaleza, la nobleza y la sensatez. Si todos ellos pueden mantener su sonrisa después de la dura historia que tienen, a nosotros nos debería dar vergüenza cada vez que nos quejamos por algo.

Uno de los días, tuvimos la gran oportunidad de poder profundizar en nuestra relación con los morenos, pudimos hablar de nuestras vidas, conversar como hermanos y pudimos conocer sus historias, los sueños y esperanzas que tenían, cómo se sentían, qué querían…y yo me sentí como si estuviera rodeada por mi familia, y en verdad así es. Ese día ha sido uno de los más especiales de mi vida y no puedo explicarlo sin mencionar a Dios. Sólo es posible que tengan esa fuerza, esas ganas y esa sonrisa por la presencia de Dios y allí podía sentirse, podía palparse en el ambiente la tristeza de lo que nos habían contado, pero también la felicidad que les brindaba el hecho de no perder la esperanza. Pero en mi corazón también sentía indignación por no comprender como una realidad así puede ser tan ignorada por la sociedad, hasta el punto de sacar beneficio de ella, sigo sin comprender cómo es posible que se explote y que se arranque la dignidad a estas personas tan admirables, tan nobles y de las que TODOS podríamos aprender algo. No comprendo cómo en tantas ocasiones se les niega algo tan evidente como el ser reconocidas como personas cuando todos somos miembros de un mismo cuerpo. Creo que un mundo en el que hay este tipo de problema no es un mundo que sea el mejor mundo que puede ser.

Jamás podré olvidar la gran complicidad que tuvimos, con la única diferencia del color de nuestras pieles. Tampoco olvidaré la alegría que transmiten al sonreír y esa fuerza que sacan de donde haga falta. Algo que también queda grabado en mi cabeza y en mi corazón es la increíble labor que realizan las hermanas mercedarias, un verdadero testimonio de amor y servicio, personas que entregan su vida, dignas de conocer y de admirar. Jamás olvidaré a estas personas ni este lugar, porque ya forman parte de mi.

Por último, decir que esta semana he sido plenamente feliz. He sido feliz con ropa vieja y apenas contacto con el exterior, y he sido feliz por servir y por amar. Esta semana me he sentido tremendamente amada por Dios, porque me ha regalado esta experiencia. Esta semana me han llenado de luz y yo he sido luz, me han llenado de felicidad y yo he regalado momentos felices. He sentido la felicidad en cosas tan pequeñas como pintar una pared, enseñar el abecedario, doblar ropa, cargar cajas o limpiar una casa en la que se que van a vivir personas que han luchado como nadie por ello. Esta semana he encontrado la felicidad en amar, en servir, en sentirme amada por Dios y en compartir con mis compañeros momentos de oración y sentimientos.

Ahora solo puedo dar GRACIAS y decir que nuestra vida es el único evangelio que algunos pueden leer, por lo que aquí dejo mi testimonio .

POR: ANDREA RAPOSO

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